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Interpretación de Efesios 2:11-22
Por Don H. Compier
Junta de Líderes
12 de Septiembre de 2006
¿Qué es la paz de Cristo? Vamos a ver lo que podemos aprender de Efesios.
Como siempre, he preparado esta interpretación de las escrituras por medio de
conversación con personas contemporáneas y con aquéllos que fueron en adelante.
Estoy muy agradecido por la comunión de los santos, y anticipo con gusto
recibir la contribución de cada uno de ustedes en este diálogo contínuo.
Yo veo tres subdivisiones que nos ayudan a navegar a través de este texto
antiguo. En la primera sección, versículos 11 y 12, este autor, tan
influenciado por Pablo y por su carta a los Colosenses en particular, describe
la situación problemática de crisis en que nosotros nos encontramos como seres
humanos. La segunda parte, versículos 13 a 16, describe lo que Dios ya ha
hecho para vencer y reparar nuestra lamentable condición. Finalmente, el
tercer segmento, versículos 17 a 22, describe lo que somos llamados a ser y
hacer bajo la dirección del Espíritu Santo.
Nuestra condición. El autor declara claramente que la
situación problemática en que nos encontramos actualmente es obra de nuestras
propias manos. Nosotros nos hemos metido en este lío, pero sin las acciones
llenas de gracia de Dios nunca vamos a salir del hoyo. Nos recuerda de nuestra
tendencia de inventar formas insultantes de describir a las personas que son
diferentes que nosotros. Nosotros consideramos a otros según la carne;
juzgamos por apariencias exteriores y normas del mundo. No percibimos la
belleza interior de cada persona hecha a la imagen de Dios. Efesios menciona
dos insultos concretos. Algunos Judíos de aquel entonces hablaban de los no-Judíos,
o Gentiles, como los no circuncidados, haciendo una referencia física que
alentaría sentimientos de asco. Nuestro texto también menciona la palabra “ateo.”
Sabemos que los Judíos fueron acusados de este sacrilegio por los Romanos que
resentían su negación a honrar a los dioses del imperio. Tal vez nuestro autor
implica aquí que los Judíos han cometido el mismo pecado contra otros que no
siguen a la religión de Israel. Aún personas muy devotas pueden llegar a ser
“ateos” cuando sustituyen su proyección idolátrica de lo que ellos piensan que
Dios debe de ser por la verdadera naturaleza del Santísimo.
En cualquier caso, nuestro etnocentrismo nos ha separado los unos de los
otros y de Dios. El etnocentrismo presupone la superioridad de nuestra propia
cultura. Afirma que otros tendrán acceso a lo divino solamente por medio de
nuestra tradición humana especial. Vez tras vez grandes partes de la humanidad
son marginalizadas, excluídas de la buena sociedad y la promesa de una buena
vida, sin sentido de pertenecer, sin esperanza, sintiendo que tienen que
enfrentarse con el mundo sólos, lejos de la ayuda divina.
Lo que Dios ha hecho. Efesios, como la mayoría de la Biblia,
representa a Dios como un Ser tremendamente bondadoso y generoso. Jamás fue la
intención de Dios que nos dividiéramos según líneas étnicas, raciales,
culturales, o de cualquier otro tipo. Así que Dios actuó en y por medio de
Jesús de Nazarét, quien es proclamado como el divinamente ungido, el Cristo.
El es nuestra paz. Nuestro escritor ve la crucifixión de Jesús como el momento
clave en toda la historia humana. El o ella es obviamente influenciado(a) por
Colosenses 1:19-22, donde se describe poéticamente el significado cósmico de
la cruz como la reunión del cielo y de la tierra. Efesios está de acuerdo,
pero prefiere hablar de la muerte de Cristo en términos más humanos. Tenemos
que tratar de olvidarnos de las interpretaciones posteriores de este evento,
que demasiadas veces se fijaron en un Dios de venganza cuya justicia exigía el
pago de un precio para el pecado. Este concepto es ajeno a Efesios. Entonces,
¿cómo entendía nuestro autor la expiación que efectuaba la reconciliación?
En primer lugar, vemos el uso repetido de la metáfora de distancia y
cercanía. No debemos de entender eso en el sentido literal, como referencia a
la extensión física. Personas viviendo en la misma casa pueden estar muy
separados, y cada uno de nosotros puede encontrarse separado del Dios que
siempre está presente en, con y a través de toda la creación. Jesús es la
conexión renovada y reparada entre Dios y todos nosotros. Como dijo el
Reformador Juan Calvino en el siglo dieciséis: “Este es el título hermoso de
Cristo: la paz entre Dios y los seres humanos.” De alguna forma la cruz vence
y elimina la enajenación entre cada uno de nosotros y nuestro Creador. Al
hacer eso, remueve las divisiones entre diferentes tipos de personas. Efesios
claramente implica que no podemos gozar de la comunión con Dios cuando
seguimos distanciándonos de cualquier clase de prójimos.
La cruz, entonces, es el principal símbolo de la reconciliación, el perdón,
y el establecimiento de la paz como iniciado y efectuado por Dios mismo. ¡La
cruz de Jesús mató a la hostilidad! Es un acto divino maravilloso, un
escándalo por las normas del mundo, algo más allá de la comprensión adecuada,
una expresión del tremendo santo misterio. Nuestro escritor usa varias
metáforas secundarias para evocar la maravilla y la gratitud (a veces es
posible que cita un himno antiguo). El o ella refiere a la sangre de Cristo
como el elemento unificador. Es posible que se refiera a los ritos descritos
en la Biblia hebrea. Pero también quisiera señalar el uso del lenguaje del
cuerpo en esta cita. Cuando se combinan estas dos palabras, yo detecto que la
sangre de Cristo, simbólicamente recibida en la Cena del Señor, es la fuerza
compartida de la vida, conectando y sosteniendo a todos los diversos
componentes que constituyen el organismo vivo de la iglesia mundial. Calvino
dijo: “El Hijo de Dios, por asumir una naturaleza común a todos, ha consagrado
en Su propio cuerpo una unión perfecta.”
¿Qué ha destruído la cruz? Efesios menciona varias imágenes
interrelacionadas. Un muro de división se ha hecho pedazos. ¿Qué es
esta partición? Otros textos del tiempo de Efesios claramente sugieren que la
referencia es a la manera en que las leyes hebreas separaron o pusieron aparte
el pueblo de Israel. Como hemos visto, este autor cree que el resultado ha
sido la creación de la enemistad entre diversos pueblos. La cruz vence
esta enajenación y hostilidad por abolir “la ley de los mandamientos contenida
en las ordenanzas” (traducción de Calvino). Aquí Efesios es más radical que
Pablo, quien relativizó a la ley pero jamás la abolió completamente. La visión
de este autor posterior, sin embargo, es que el deber de seguir a Jesús no se
debe de entender para nada en términos legales.
Considerando la historia trágica del trato cristiano de nuestros vecinos
judíos, tenemos que tener mucho cuidado al aplicar esta dimensión de la
enseñanza de Efesios. Primero, a menudo malentendemos lo que el Torah
significa para el pueblo de Israel. Muchos excelentes eruditos judíos
mantendrían que la creación de la hostilidad es una perversión de la
observancia del Torah, no su intención esencial. Segundo, debemos de aprender
de Efesios cómo poner nuestra propia casa en orden, no tirar piedras a otros.
¡Hoy en día los peores legalistas divisores son cristianos! Esta cita puede
enseñarnos una apreciación de la naturaleza única de nuestra propia fe
cristiana. Pero usar Efesios para crear antagonismos adicionales contradice
totalmente el sentido de esta escritura completa. Porque el punto que se hace
con tanta fuerza en el versículo 16, por ejemplo, es que el acto de Dios nos
llama a reconocer nuestra humanidad compartida. La intención amorosa de Dios
es que todos nosotros lleguemos a ser una sola raza humana.
Estoy muy agradecido con mi colega Jerry Nieft por señalar la importancia
de la palabra “nuevo” (en griego, kainon), empleada cuando el autor nos
pide que pensemos de la raza humana como una sola persona. Esta palabra no
implica la discontinuidad, sino más bien la renovación y la restauración de lo
que ya es. Así vemos que no se nos pide a ninguno de nosotros quitar nuestra
piel cultural, nuestros seres históricos, nuestro propio idioma, y nuestras
únicas tradiciones sanas. ¡La unidad no es lo mismo que la uniformidad!
Sencillamente tenemos que dejar de dar más importancia a nuestra
particularidad que a lo que tenemos en común. No buscamos al unísono ni a la
cacofonía sino a la armonía.
Nuestro llamamiento a la misión. Después de hablar del acto
de Dios en Jesucristo, el enfoque de esta escritura cambia a la obra del
Espíritu Santo. El autor hace una transición muy suave a una discusión de cómo
debemos de responder a la iniciativa y la gracia divina. Primero, subraya la
importancia de la proclamación. El Espíritu continúa las enseñanzas de Jesús,
¡y ahora nosotros llegamos a ser predicadores de la paz! Yo veo una clara
indicación de la prioridad de la Palabra. Primero tenemos que recibir las
buenas nuevas y ser llamados a reunirnos.
Y luego sigue un imagen favorito en este texto, una reversa increíble de
las normas del mundo y una descripción sorprendentemente apta de lo que es y
hace el Espíritu. El autor habla del acceso. En el primer siglo, casi
todos que conocían esta palabra hubieron detectado una referencia obvia al
contacto con el poder, y preferiblemente con el emperador mismo. Uno
necesitaba conexiones especiales para acercarse a la silla de autoridad, y muy
pocos jamás las obtuvieron. El acceso fue cuestión de competición. Si usted
obtenía acceso, a lo mejor significaba que yo no. Pero Dios, una autoridad
mucho más alta que cualquier emperador, no es así y no juega este juego.
Porque Dios derrama el Espíritu sobre todos, ¡cada persona ahora tiene acceso
sin límite! Y esta maquina nunca sufre de fallas técnicas. Su cupo es tan
amplio que si usted se conecta primero, aún hay más que suficiente capacidad
para que yo también me pueda enchufar. No es un juego en que algunos ganan
mientras otros pierden.
La bella poesía de esta escritura se enriquece aún más. ¿Dónde tenemos
acceso a una persona poderosa? Pues, en un edificio, ¿verdad? Allí está la
silla del poder. Entonces, ¿cúal es el edificio donde tenemos audiencia con
Dios? ¡Somos nosotros! ¡Usted! ¡Yo! ¡Yo soy la morada de Dios para usted, y
usted para mí! Nunca dejo de maravillarme considerando la confianza increíble
en la capacidad humana que vemos en el testimonio de las escrituras. Me quita
el aliento. Dios nos escogió a nosotros, con toda nuestra fragilidad, para que
seamos el lugar santo para encontrar la presencia divina. Nunca sobrepasaremos
a Efesios al tratar de describir de qué se trata la formación espiritual.
Y estoy lleno de admiración por la capacidad creativa de este artista
verbal. Y él o ella aún tiene otra transición increíble más para
impresionarnos. El versículo 19 empieza con imágenes cívicas—extraños,
extranjeros, cuidadanos. Y luego cambia a un discurso muy diferente, acerca de
santos, o personas apartadas por Dios, y miembros de un hogar o familia
cuidada por el mero ser divino y amoroso mismo. El lenguaje de la polis
últimamente no es adecuado para describir el cuidado especial y muy íntimo que
Dios desea compartir con cada ser humano. ¿Cuáles términos mejores vamos a
encontrar para describir nuestro llamamiento de crear comunidad? Pertenecemos
los unos a los otros como hermanos y hermanas y padres y madres. Tenemos que
establecer y mantener relaciones profundas que contrastan con la
superficialidad y la utilidad que caracterizan los tratos de la edad presente.
Efesios menciona la fundación puesta por los apóstoles y los profetas. Me
hace pensar en mi dicho favorito de José Smith, hijo. En Far West, Missouri,
en 1838 le preguntaron si él era profeta. El replicó: “Sí, y cada otra persona
que tiene el testimonio de Jesús. ‘El testimonio de Jesús es el espíritu de la
profecia’—Apoc. 19:10.” En todo el Nuevo Testamento es evidente que el
apóstol, es decir el enviado, es un testigo de Jesucristo, y de su
resurrección en particular. Estoy agradecido por el liderazgo de la
Presidencia y el Concilio de los Doce al ayudarnos a realizar nuestro destino
colectivo como un pueblo profético y apostólico.
Personas así siempre señalan a la piedra principal, Jesucristo mismo. Ahora
la sopa metafórica se hace aún más espesa por el uso de imágenes de la
arquitectura. Acostumbrados a las prácticas de construcción de hoy, pensamos
que Jesús es la piedra de la esquina al fondo de la estructura que junta a las
paredes y evita que el edificio se hunda. Pero el escritor de Efesios casi
ciértamente tenía otra idea. El griego original sugiere que Jesús es, como
piedra angular, la piedra a la cima del arco. Yo no sé mucho de la
arquitectura, pero según mi entendimiento, esta pieza se pone allí para
prevenir que las paredes curváceas se caigan. Es esencial a la construcción
volante y majestuosa. Una funcionalmente y estéticamente a todas las piezas
diversas para crear un edificio duradero y hermoso. Efesios, entonces,
presenta el ideal de la armonía en otro idioma. Cualquier buen edificio va a
evitar la monotonía, poniendo piezas diversas para crear contrastes agradables.
Pero el diseño, en este caso Jesús mismo, tiene que mantener todo junto en
orden. Diversos estilos arquitecturales incompatibles chocan a la vista de la
mayoría de los observadores.
La cita termina acordándonos de que el edificio que nosotros somos no es
una finalidad en sí mismo. Como pueblo nuestra misión es de ser el templo de
Dios. Dios tiene que morar en nosotros para que todo el mundo reciba bendición.
El Espíritu en nosotros, en todos nosotros juntos, nos consagra como una
comunidad que llega a ser “tierra santa.” Pablo había descrito a nuestros
cuerpos individuales como templos, pero aquí nuestro autor prefiere pensar del
templo en un sentido corporativo y colectivo. Nosotros con raízes en la
cultura occidental del individualismo tenemos mucha dificultad hacer sentido
de tales ideas. Necesitamos la ayuda vital de nuestras hermanas y hermanos de
otras culturas. El lenguaje de Efesios es una poesía de transformación.
Tenemos que llegar a ser un pueblo global del templo, y la luz de Cristo que
nos da el Espíritu tiene que brillar en cada congregación local.
No puedo mejorar el resumen de conclusión de Calvino. El escribió que la
“paz evangélica” proclamada por Efesios “desea la vista de Dios como algo
hermoso, no temoroso.” El Espíritu da acceso a esta vision, y Jesús abre y es
la puerta. Esta puerta es como lo que nosotros llamamos una puerta holandesa,
con más que una abertura para dar entrada a pueblos diversos. Las buenas
nuevas que proclamamos, el Evangelio que nos renueva, mantiene que “Dios está
abierto” a todos para revelar el cuidado amoroso del buen, no, el mejor
anfitrión y amo de casa. Que respondamos con gratitud, haciendo nuestra parte
para mantener a las puertas muy abiertas para todos los hijos de Dios. Amen.
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